
Estoy desnudo en esta noche que me abraza,
que me susurra cosas al oído, que pretende adueñarse de mi.
Estoy desnudo, y no desnudo como se puede imaginar uno...
sino que es mas bien un desnudo... desnudo,
a la intemperie... sin vanidades, sin trapos que me cubran,
sin caricias al alma.
Y estar desnudo es sentirme libre, un pájaro emigrando al sur,
o volviendo al norte, o sin rumbo aun.
Y volar, desnudo, envuelto en palabras, en melodías,
en un llanto atragantado, en una lagrima en el alma.
Y correr el riesgo... y seguir desnudo...
Y ver golpear el viento frío de este invierno...
sobre mi cuerpo descubierto, sobre la cajita de cristal...
cristal vacío, barato, pero único.
Y mirar, a lo lejos, desde lo alto, las historias tejidas con amor,
con delicadeza... como la vida las va deshilachando,
como las va tiñendo de colores que no eran
los que pintamos una vez para convertir eso en algo especial...
Y aterrizar... tocar la tierra con la punta de los dedos de los pies,
para el golpe no sea tan fuerte...
Y dejar las huellas al caminar...
ese trazado inútil que se borrara al arrastrar las alas.
Y volar... desnudo,
como dejando que la brisa de las miradas
puedan llegar a cobijar este montón de sueños...
como dejando que lo penetrante de las palabras
maduren estas raíces de juventud...
como dejando... dejando la apariencia atrás...
cargando las alas para volver a volar...
desnudo... sin lugares donde regresar.
© Juan Manuel Ramos