Miro por la ventana del hotel donde estoy parando, el más maravilloso amanecer jamás visto por mí. Las olas del mar estallan contra la arena y mientras las miro siento el aroma tan atrapante de café, era un buen momento para tomar uno mientras el leño de la estufa que esta a un rincón de la habitación hace un crujiente sonido que despierta mis oídos.
Se abre una puerta. De allí viene la persona que amo y en sus manos trae dos tazas, en las cuales, imagino, viene el café que hace instantes podía sentir. Se sienta a mi lado. Pone las tazas sobre una mesa de luz. Me dice “Buen día, amor” y me da un beso que paraliza mis sentidos.
Suena su celular a lo que procede a atender. Era su familia que preguntaba como estaba. Cuelga. Me mira y mis ojitos idos tratan de decir algo pero un abrazo me hace volver a tierra firme.
Las nubes grises empiezan a cubrir ese maravilloso amanecer. Las gotas de lluvia comienzan a golpear contra los cristales de la ventana.
Nos vestimos y decidimos salir a dar un a vuelta hasta la hora del almuerzo y así llegar a aquel restaurante que esta a unas tres cuadras del hotel.
Caminamos. Las gotas de lluvia chocan enfrentadas contra nuestros cuerpos, pero sin prisa nos acercamos hacia el mar.
Llegamos. Nos sentamos sobre arena mojada y pronunciamos tantas cosas lindas, perdurando por siempre aquel amor que sentíamos.
Ya cerca del mediodía vamos camino a almorzar. Esquivando los charcos de agua y pisando algunos para salpicarnos un poco nos cae la nostalgia de saber que en siete horas tendrá que despedirse… y para siempre esta vez. Almorzamos.
De regreso al hotel a cambiarnos la ropa húmeda nos vuelve a atacar la lluvia de ese invierno del 1999.
Llegamos, nos duchamos. Nos recostamos en la cama mientras sonaba aquella canción que el había puesto: “…tu, y de nuevo tu…”.
Nos dormimos.
Al despertar nos damos cuenta que solo faltan cuatro horas para aquel “adiós” que iba a marcar un antes y un después en nuestras vidas.
Entre las últimas gotas de lluvia, los últimos crujidos del leño de la habitación y el café frío que había quedado desde la mañana fuimos armando las maletas.
Esa habitación estaba llena de nostalgia.
En la última hora nos quedamos sentados sobre los pies de la cama. Ninguno de los dos debería haber dicho nada porque, aun, no recuerdo si llegamos a cruzar palabras aquella noche fría. Me tomo de las manos. Me miro. Me sonrió y una lágrima en silencio fue desnudando lo que en aquel momento sentía.
Tan solo 30 minutos faltaban cuando estábamos subiendo al taxi que lo llevaría hacia el aeropuerto para de regreso a su país natal. Llegamos. Con bastante prisa debimos despedirnos, ya que su avión dejaría tierra Argentina para arribar a la suya. Su abrazo: el más sincero y triste de mi historia, pues, era ese, al cual no iba a sentir más. Sus labios tartamudeando de nervios palabras que no tenían sentido, entrecortadas por las lágrimas, y ese suspiro que intentamos, a veces, nos hagan reaccionar. “Adiós” era lo único que debía decir, era lo único que esperaba escuchar.
Ahí iba caminando, tan ensimismado, tan lleno de secretos que debía guardar.
Yo partí a esperar el ómnibus que me llevaría a mi ciudad, que en solo 30 minutos saldría.
¿Las ganas? Ahí las habías guardado, en una de sus maletas, mezcladas con las ilusiones que dejé sobre la almohada de la habitación.
Mis sueños marchitos llevó en el bolsillo de su pantalón.
© Juan Manuel Ramos