Me desperté ese día con la ilusión de poder terminar con aquella relación que me estaba lastimando, una relación que no era consentida, que era prohibida. Mire a mi lado a ese ser que dormía allí desde hacia mucho tiempo y sentí como mi alma se iba quebrajando de remordimientos, de haberle hecho daño a esa persona que siempre me amo, que me cuido, que siempre estuvo. Ese ser perfecto, que tiempo antes me había hecho enamorar.
¿Qué pasaba conmigo que no podía terminar algo que estaba lastimándome a mi mismo?
Me lave los dientes como de costumbre mientras iba pensando cuidadosamente las palabras a decir cuando, en solo minutos, le vería al otro, ya que trabajábamos juntos. Tome unos mates, solitario. El televisor decía tantas cosas, pero no podía concentrarme, tenía que finalizar aquello, tendría que volver a casa con eso ya, siendo pasado.
Espero el colectivo. De mis auriculares sonaban ruidos y palabras que, quizás, iba sumando a mi repertorio que pronto diría. A cuadras de llegar, mi pecho empezó a latir muy fuerte, mis manos a sudar, como las de él cada vez que estaba nervioso, cada vez que estaba cerca mío.
Llego, tendría dos horas para poder terminar de prepararme.
Es el momento, tengo solo veinte minutos para decir “basta, fue lindo mientras duro”.
Ahí lo veo, esta hablando. No me mira. Voy hacia el. “Tenemos que hablar” fue lo que dije, a lo que respondió “¿Qué, mi amor?”. ¡Ay!, las palabras me quedaron atragantadas. Todo el tiempo que fui pensando era en vano, me había conquistado de nuevo con solo tres palabras, una pregunta, nueve letras, y su voz…esa vocecita que me hizo enamorar aquel 5 de abril. Me miraba como esperando que yo hablara. Como nene de 10 años, me quede callado, colorado, nervioso. Ya no tenia que decirle que me gustaba o que era lindo; era que esto terminaba, que no quería mas de el y no podía.
Hablamos de otras cosas que no eran nada que ver con lo que yo quería decir. Me dio un beso a escondidas de todos, para que nadie se enterara y se fue. Me quede parado, en silencio, sin noción del tiempo y decidido a hablar. Poco tarde ya.
A la salida del trabajo volveríamos a vernos un ratito. El debería regresar a su casa donde le esperaban y yo a la mía donde también lo hacían. Nos quedamos en silencio cinco minutos. “¿te pasa algo?”, preguntó. “Si, me pasa todo. Por enamorarme de vos estoy muy confundido, vos no sos para mi, yo no soy para vos, nunca podríamos llegar a tener nada, así que da la vuelta y andate, yo me voy también y nunca mas nos volvemos a ver…”, eso debía decir…y como estúpido que soy, dije: “te quiero”.
Me abrazó en aquella esquina donde no pasa un alma. Me dijo lo que sentía por mi; que si no fuera yo, no seria nadie, que eso especial que nos estaba pasando iba a ser único, que lo era en ese momento, que pediría de rodillas no terminar con esa relación a escondidas, que todo empezó a tener sentido desde aquel primer beso esa tarde de abril. ¿Qué podía decir yo? Me quede mudo, no encontré palabras. No pensaba, no hablaba, estaba nulo, en stand by.
Pasaron muchos días. Mi cabeza ya no aguantaba nada. Mi mente estaba aturdida, descompuesta. Mi corazón demacrado, insensato, cadavérico. Mi alma desnuda a punto de ser comprada por el diablo, a un precio muy bajo, casi regalada.
Y pensaba cada noche al apoyar mi cabeza en la almohada. Mi falta de deseo sexual para con mi pareja, de un abrazo, un beso; siempre fui muy cariñoso, y el no era tonto, el sabia que algo me pasaba, que algo no estaba bien en mi. No se como hace, pero siempre descubre cuando algo en mi interior esta desorganizado, tal vez tenga ese sexto sentido para conmigo, o será que me ama y me conoce de punta a punta.
Una noche de esas, junte mis manitos, aun siendo grandotas (muy), y trate de pedirle a ese Dios que cada uno tiene, que por favor me ayude con esta confusión, con este pecado, que ya no podía mas aguantar ese peso que esclavizaba mi alma, que la oprimía. Que quería volver a ser esa persona de la cual estaba orgulloso. ¿Las respuestas? Nunca me llegaron, pero si la fuerza y el coraje para hablar.
A los dos días de esta noche quedamos en encontrarnos ya que salíamos temprano del trabajo. Nos juntamos a orillas de aquel río para hablar, ese río que había sido testigo de nuestro primer beso, nuestra primer caricia, del comienzo de esta relación. Me tomo de sus manos, el sentado sobre la gramilla, yo apoyado en sus rodillas. Algo dentro de mí no quería terminar esa relación, pero el porcentaje mayor decía que debía hacerlo.
Hable. Lloraba. Yo, mi alma. Mi mente iba aclarándose. Mi corazón disminuía sus latiditos, cada vez más lentos, más tranquilos. Nos dimos ese último beso que aun recuerdo. Ese beso que seria el fin de algo que había comenzado hacia unos cuantos meses atrás, ese beso que me dejo en la frente y que aun guardo en mi cajoncito de recuerdos, envuelto en miles de fotografías, cartas y abrazos que inundaron mi cuerpo durante mucho tiempo. Ese cajoncito que nadie ve, que nadie siente, que nadie, inclusive yo, he vuelto a mirar.
Ya no nos vemos mas, a el lo trasladaron a muchos kilómetros de aquí, a muchos, pero muchísimos besos de distancia.
Aun lo recuerdo, aun pienso en su voz, en su sonrisa, en su forma de hacerme reír, de hacerme sentir… en su forma de hacerme amarlo.
Vuelvo a casa cada noche con él en mi mente. Le amé. Por cobardía debí abandonar mis sentimientos verdaderos.
El fue la razón que me hizo saber que no soy perfecto, que a veces nos equivocamos, que a veces por miedo abandonamos algo que realmente nos hace bien.
Te dedico estas palabras, te dedico estas lágrimas, te dedico lo que fuimos, lo que el paso del tiempo se fue llevando.
Nunca voy a olvidarte.
© Juan Manuel Ramos