PRESOS


La lluvia estaba desnudando mis sentimientos y mis ganas de besarle, aunque sus labios ya no se acordarían de los míos, ni el perfume suyo sería el mismo que despertaría mis sentidos. Su piel estaría marcada por otros cuerpos y su sonrisa sincera ahora sería una sonrisa retorcida, con su tono de voz que ya no recordaría, tan suave, tan hipócrita.

Quise hablarle pero mis labios enmudecieron al escucharle y me ahogue en la soledad que estaba invadiéndome el alma en esta habitación de metro cuadrado que se ha convertido en mi asfixio desde que sus pasos ya no se escuchan, en este silencio que absorbe mis ganas de ver cada dia como una nueva oportunidad. Y lo vuelvo a intentar, pero su voz me embiste los sentimientos y me cohibo cuando debo mostrarlos en carne viva.

Agarro las llaves de casa, tomo mi saco y, en medio de la lluvia subo al auto. El destino era su casa, para poder tenerle frente a mi y decirle que realmente sentía haberle lastimado, haberle abandonado, aunque mi orgullo se negaba a aceptar el error. Miedos, temor, angustia, tristeza, acompañaban mi viaje de solo kilometros donde estaría él.

Pensando palabras para decir, y quedando desnudo con mis sentimientos me iba acercando al lugar. Paro el motor, acomodo mi saco y bajo del auto, mientras que la lluvia golpeaba fuerte y me inundaba los pensamientos. Golpeo la puerta. Desde adentro se enciende una luz y unos pasos se acercan para abrir, de esos que supe reconocer, que tantas veces se han acercado a mi. Abre, su cara demuestra sorpresa al verme todo mojado frente a él. Me pregunta que hago a las dos de la mañana ahi, en su puerta, mojado y con mi cara de miedo, a lo que no hizo falta responder nada cuando le agarre el rostro y lo traje a mis labios para darle un beso de los que solian encendernos, de los que hacian escaparnos del mundo, de los que hacian enmudecer el "tic tac" del reloj. Mi mano fue acariciando su cuello y poco a poco su mano fue acercandose a mi, despues de poner defensa entre nuestros cuerpos. Me agarró el rostro también y comenzó a besarme sin prisa y con vehemencia, como dejandome esclavo de sus besos. Me agarró de la cintura y luego fue desprendiendo mi camisa para quitarmela de un soplido, mientras que la lluvia espiaba con la puerta abierta nuestro momento. La cierra con el pié mientras acariciaba mi espalda y yo le quitaba su campera que solo le cubría el invierno en su piel. Empezó a llevarme a ciegas hasta su habitación, encendió una luz tenue y comenzó a desvestirme por completo. Alli, desnudo en su lugar, en su espacio, sentía que las lágrimas derramadas habían sido mis amigas para darme cuenta de lo que realmente necesitaba de él. Se avalanzó sobre mi, su torso desnudo me insitaba a besarlo, acariciarlo con fuerzas, como no dejando que se escapara de mi placer, como atrapandome de su sexo. Besos interminables, caricias de pasión irrefutable. Fui suyo, fue mio y la lluvia acompañó cada momento de entrega, mientras que la noche nos dejaba entregados al deseo, la pasión, la atracción, el erotismo. La noche en pleno éxtasis.

Su cuerpo agitado sobre el mio nos hizo sentir el amor floreciendo por cada rincón de nuestros cuerpos, a borbotones, sin descanso.

Se recuesta a mi lado y mis brazos lo encierran para que descanse ese amor sobre mi pecho.

La noche desaparecía poco a poco, la lluvia comenzaba a escaparse y el "tic tac" del reloj comenzaba a volver a sonar entre las cuatro paredes de esa habitación. Los besos censurados comenzaron a hacerse notar, las caricias prohibidas fueron permitidas y las palabras del silencio comenzaron a escucharse. Los corazones galopando sin cansancio y su respiracion agitada sobre mi oído, hicieron de aquella la despedida a la soberbia del olvido, a la inocencia del perdón.



© Juan Manuel Ramos

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