Las palabras quedan diluidas en el tiempo,
arrastradas por el viento hacia algún lugar
donde se amontonan y se convierten en fertilizantes
para la esperanza de algún otro corazón.
Las palabras mojan los pies al caer,
dejan una montaña de ilusiones cuando aquellos corazones
se enfrentan para hablar de... nada.
Y no hay futuro, y no hay pasado,
solo cantidad de letras,
de crucigramas desparramados en el suelo.
Vuelan como aves,
se arrastran como víboras,
nadan como peces,
pero no viven, no sobreviven, no se reproducen,
y hasta que, de un día para otro,
ya dejan de escucharse, de sentirse,
de memorizarse.
© Juan Manuel Ramos